miércoles, 16 de julio de 2008

Historias de Tania - Capítulo XIII

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[ Hoy vuelvo a la carga con la blognovela que tenía abandonada desde el 19 de Mayo. Los borradores estaban en mi cartera pero siempre me decidía a última hora por otro post. Me gusta escribir las historias de Tania porque tienen mucho de ficción pero también de conocidas y conocidos, de amigas y amigos, y hasta también algo de autobiográfico que mezclo según se me ocurre. Sigo pensando que la gente en el tren debe tenerme por una loca cuando escribo y me río sola. Porque leer y reírse ya lo he visto antes, pero escribir y reírse parece no ser muy común por aquí... O por como frunzo el ceño pensando en alguna idea... Una muy buena blognovela cubana es la que escribe Medea; toquen a la puerta de su casa cuando tengan un chance. Aquí les va el capítulo 13 de la mía que por lo menos a mí me gusta, a partir de hoy con fotos cubanas que encuentre en Flickr. ]

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© flick/max.rocha


(XIII)


Cuando Olguita y Migue salieron de la casa de Tania fueron caminando juntos hasta la casa de Olguita pues Migue había dejado allí su bicicleta. Hubieran ido en ella pero su prima se negó rotundamente a montarse en la oxidada parrilla o en el incómodo caballo. Olguita no quería saber nada de bicicletas en buen tiempo. Ya habían pasado dos años de su accidente y sin embargo la primera pregunta de su amiga era siempre “¿Qué tal tu pie?”. Ya conocía de memoria los pasillos del hospital Ortopédico; cuando no era una venda eran fomentos, otros decían que hasta yeso. Su pie derecho seguía dándole qué hacer.

Durante el corto camino de regreso a casa de Olguita Migue cavilaba cómo entrarle a Óscar, el extranjero, para venderle el negocio de los blúmers usados. Olguita por su parte pensaba en cómo ser parte del mismo sin que su novio se enterara. Mencionárselo al Cro-Magnon de su novio era como decidirse a romper su relación de inmediato. Si seguía con él era porque en la cama se transformaba en el bebé más tierno de la tierra, dejándose hacer y dejando a Olguita hacerse ella lo que le viniera en gana. Y esa mezcla de fósil de Homo sapiens callejero con bebé de cuna santa tenían convencida a Olguita de que, para encontrarlo mejor, tendría que mandarlo a pedir con tres años de antelación a su virgencita de la cómoda del cuarto. Además, cuando hacían el amor sorteando la continua falta de esfera privada, el Croma, como lo llamaba cariñosamente, ponía los ojos en blanco como si estuviera cantando el Ave María de Schubert con voz de María Callas. Y eso le gustaba a Olguita, la excitaba. No le importaba si a esa hora él pensaba en las pelirrojas de la película prohibida que guardaba con celo en el escaparate del cuarto o si realmente disfrutaba de ella y sus movimientos. Para Olguita esos ojos sin ojos eran una oportunidad para tocarse los pezones de vez en cuando, cosa que le daba pena hacer cuando el Croma volvía a la realidad. En la calle él era un macho, sobre todo delante de los amigotes del dominó, pero de puertas hacia adentro, en la cama, para ser más precisos, la dueña de la fiesta era Olguita. ¿Para qué entonces alterar la cotideanidad con una poco creíble historia de blúmers usados? ¿O valía la pena?

Migue sin embargo pensaba en cómo entrarle a Óscar para proponerle el negocio de los blúmers y en, hasta ahora, su principal actriz. Tania era la mejor amiga de su prima Olguita desde que iban juntas a la escuela primaria. Migue era dos años mayor. Cuando las niñas miraban con ojitos revoltosos a los muchachos más grandes en las fiestecitas de fin de semana, Migue sabía que parte de las miradas de Tania iban dirigidas a él pero nunca se interesó por la “flaquita sin importancia”, amiguita de su prima. Inclusó llegó a olvidar aquellas fiestas con música estridente y ponches de frutas cargados en alcohol que lo desinhibían y lo ponían a bailar lo que fuera con tal de pegarse a las muchachitas más codiciadas. Hasta que vio a Tania horas antes llegar a la sala medio dormida aun, acabada de bañar, fresca como una lechuga. El toque especial lo tuvo la decisión de ella de entrar en el negocio como lo hizo, sin preguntar siquiera. Si hasta le daban ganas de abrir el sobre donde guardaba la prenda interior de Tania... Sí, eso haría. O no, mejor no, no podía terminar él mismo el negocio antes de empezarlo. ¿Y si Óscar se daba cuenta de que el sobre había sido violentado? Podía pedirle otro a su amigo Tato pero era preferible evitar sospechas. Debía esperar por su promesa de conseguir los sobres en el trabajo de la hermana de Tato.

Ah, ¿abría el sobre o no lo abría? Delante de Olguita no, por supuesto. Pero ¿quizá en el trayecto hacia casa de Óscar? Maldita pila de agua que tenía que arreglar en su casa... Con tiempo suficiente hubiera abierto el sobre con el cuidado y las mañas del filatelista más experto y lo hubiera vuelto a cerrar sin que nadie lo notara. Ya tendría otra oportunidad de conocer a Tania “indirectamente”. Claro que sí. Por eso el negocio debía asegurarlo primero, no solo para resolver y paliar un poco la vida que se le tornaba cada día más cara y difícil, sino por los contenidos de los sobres cuando éstos fueran de Tania. Sí, pensaría en una excusa mejor para cerrar él mismo el próximo sobre. Porque eso sí: el negocio iba a tener éxito . Él no era “cualquier” Migue.
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4 comentarios:

lola dijo...

Que bueno que retomaste lo de la historia.
Un saludo, que ya mi madre me está dando prisa para que la acueste.

Aguaya Berlín dijo...

Gracias por pasar, Lola!
Saludos para ti y para tu mamá,
AB

GeNeRaCiOn AsErE dijo...

el migue, con sus manos de filatelista y nariz de bacalao. ¿LE hacemos un corito?
que lo abra, que lo abra...

Aguaya Berlín dijo...

:-)